Vértigo y control

Somatización del éxtasis mediático (detalle)

Somatización del éxtasis mediático (detalle)

Las cosas se están poniendo feas. Feas de verdad. Las cosas están instaladas en un devenir feo. Están adquiriendo los rasgos de una fealdad creciente, pantagruélica. Una fealdad alimentada por el hambre, por la ira, por las descargas generadas en las turbinas y las calderas de esa biomáquina llamada cuerpo social. El cuerpo social gruñe, se combulsiona, muta y se expande. La solidez da paso a una cierta densidad gelatinosa, una espesa liquidez capaz de fluir y al mismo tiempo generar grumos que estallan en los momentos y bajo las circunstancias más insospechadas. Aquí y allá, salpicando y dejando huellas indelebles de su estallido bajo la forma de consignas secretas en los muros, grafías de advertencia, llamadas de larga distancia. El tiempo parece haberse retirado sigilosamente de los acontecimientos, desplazándose fuera de todo campo de visión y haciendo que todo cuanto sucede parezca estar sucediendo desde siempre, sin un origen determinado. Como si nada de todo esto fuera incidental o circunstancial, sino plenamente enraizado en la misma razón de ser del mundo real. En breve uno podrá mirar a su alrededor y se apoderará de él la sensación de no saber cómo ni cuando empezó todo esto. Una sensación avasalladora, cierta y titánica como el peso marmóreo de los dioses antiguos o de los grandes ciclos heroicos. Pero desprovista del aliento mítico, de la poesía fundacional. El peso desnudo e inclemente de los hechos, de la narratividad positiva.

Los medios buscan hacerse eco. Sus cámaras llegan, sobrevuelan y acechan en círculos como bandadas de aves carroñeras, olisqueando el hedor a imagen en descomposición, a desarreglo cinemático. Conocen cual debe ser la secuencia narrativa, de qué manera ensamblar los planos de la catástrofe de forma que irrumpan en las letanías informativas conteniendo el grado justo y necesario de tensión. Buscan ese carácter de conjunto que hace que una historia aparezca ante los ojos del espectador como algo inédito y sobradamente conocido al mismo tiempo. Un simulacro capaz de atenazar con la pulsación de lo ignoto mientras inocula la narcótica sensación de que todo eso ya había sucedido anteriormente de la misma forma, en el mismo orden. Vértigo y control. La información es eso: vértigo y control en las justas proporciones. Mientras las cámaras de prensa (la prensa hidráulica, la prensa prensil implacable) confeccionan su versión de los hechos otras muchas cámaras y objetivos florecen en puntos ciegos y esquinas insalvables: los registros anónimos, impulsivos de la gente, de los medios no mediatizados. Buscando el sentido de todo cuanto acontece, el secreto epidérmico de su estallido. Cámaras grabando desde las atalayas de domicilios particulares, desde el refugio motorizado de los automóviles apostados en sus reservas nocturnas, desde recodos sombríos de las callejuelas. Contraprogramando la parrilla de sucesos oficiales, las inminentes versiones dobladas y censuradas de la misma película. Alguna de esas cámaras acabará sin duda hecha trizas bajo el latigazo de ley armada («¿qué se supone que estás filmando, hijo de puta?» «dame la cámara, DAME LA PUTA CÁMARA O TE REVIENTO»; «tú no puedes estar aquí, aquí no hay nada que ver, ¿me entiendes?»), si bien es más que posible que para entonces ya haya tenido la oportunidad de ofrecer su legado a la mirada ubícua del internauta, cada vez más predispuesto a rastrear este tipo de cortafuegos, cada vez más preparado para detectar las chispas del cortocircuito. Todo empieza siempre con una imagen; una imagen soltando lastre y provocando el descalabro en el friso de los eventos. La imagen de una grúa derribando los muros de una pequeña ciudadela autogestionada, buscando el atajo hacia la limpidez del espacio inhabitable; la imagen de un imbécil apaleando a cara descubierta a alguien -alguien demasiado otro– en el vagón de un metro (hay que ser muy imbécil para olvidar aunque sea por unos instantes que todo queda siempre grabado, que toda forma de percepción es siempre un aparato de captura, de una forma u otra). La imagen de un vampiro saliendo victorioso por la trastienda de un juzgado, olisqueando en esos instantes de libertad recobrada el aroma a napalm y sangre y victoria por la mañana. Y entonces, en cuanto irrumpe esa imagen que nunca debería haberse hecho visible, todo estalla. Un atractor, un catalizador que arrastra la narración hacia la catástrofe. El orden y el desconcierto fatalmente entrelazados. Mútuamente conectados y repudiados. El mundo y su condición de pantalla en la que se libra la pugna entre las tramas hegemónicas y las secuencias subversivas. Entre el imaginario del rey filósofo y las imágenes del poeta. Todo empieza siempre con una imagen.

Todo empieza siempre con una imagen.

Y después todo acaba. O no.

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