Mientras la ciudad duerme (2)

Ciudad reflectante temporalmente cerrada por tareas de mantenimiento

Ciudad reflectante temporalmente cerrada por tareas de mantenimiento

Pensar el hábitat en nuestro contexto pasa, en cierta medida, por pensar aquello llamado ciudad. Habitamos la ciudad, o cuanto menos eso presuponemos. Entre otras cosas porque recibimos constantemente inputs destinados a reforzar esta impresión. Algunos son matemáticamente gravosos, como el pago (abusivo) por determinados servicios básicos que contribuyen precisamente a hacer de la ciudad un lugar habitable: agua, luz, gas. También en las contribuciones impositivas que permiten canalizar regularmente ciertos servicios públicos como el transporte, la recogida y tratamiento de basuras o los equipamientos. Y por supuesto otros servicios públicos cuyas ramificaciones administrativas y burocráticas trascienden en mucho el ámbito acotado de una ciudad, como es el caso de la sanidad o la educación. No es casual que algunos de estos servicios (especialmente en lo relativo a equipamientos y a ciertos servicios de higiene pública) empezaran a implantarse con cierta regularidad coincidiendo con el nacimiento de la ciudad barroca, que es casi lo mismo que decir la ciudad moderna. Al mismo tiempo que se edificaba la ciudad como núcleo compositivo de representación del poder de la corona se extendía el concepto de servicio público como valor añadido a esta escenografía arquitectónica. Tendremos ocasión en su momento de analizar con más detalle este matrimonio de conveniencia entre el poder y el servicio público. Por ahora nos basta con situar históricamente su gérmen y constatar de esta manera el hilo conductor que nos une a la ilustrada, despótica y teatralizada ciudad del Barroco.

Otro tipo de inputs acerca de nuestra pertenencia a la ciudad se refieren a las formas en como podemos habitarla más allá de sus prestaciones básicas. Más allá de lo que podríamos llamar infrastructuras consubstanciales sin las cuales sería imposible hablar de ciudad. Estos inputs, no tan gravosos pero igual de lucrativos, implosionan la ciudad como matriz de posibilidades, como entramado de mundos dispares y objetos en ocasiones inverosímiles, en ofrecimiento constante. Algo que puede resumirse en una sola palabra: el consumo. No necesariamente comercial, puesto ya hace tiempo que nos hemos dado cuenta de que somos consumidores potenciales o actuales la mayor parte de nuestro día: consumimos información, bienes materiales, afectos o simplemente tiempo. Esa dimensión paralela y constante de consumo es la que, en cierta medida, aporta un factor intrínseco de supuesto interés al hecho de vivir en una ciudad. Nos arranca de las garras de la mera subsistencia, de la cotidianeidad mecánica (ese pavoroso engendro fraguado en el barrizal en el que se emborronan la miseria y el socialismo real) y nos transporta a un ámbito de diferenciación, de vivencia particular, de asomo singular e intransferible a las virtudes de lo privado. Por mucho que esta forma de privacidad esté masificada y sea de dominio cada vez más público.

Este binomio ciudadano-consumidor es una forma resumida, hasta cierto punto grotesca, de presentar lo que vendría a ser la experiencia de las ciudades. Una representación que bascula entre el gravamen y el desagravio, entre la imposición y la disolución. Sintetizando, podríamos hablar de un circuito que mantiene un juego constante entre dos posiciones: aquello que se debe y aquello que se puede. In / Out. Introyección y extroversión, norma y consumo. Hasta el punto que ambas posiciones pueden combinarse, dando lugar a engendros a los que estamos lamentablemente habituados: consumir normas, normativizar el consumo. Pero más allá de las distintas formas en como podamos caracterizar el contenido de este circuito, lo fundamental del mismo es la capacidad que tengamos que afrontarlo como representación. De pensar la ciudad como representación y, por lo tanto, como aquello que no es lo que realmente pretende mostrar. O que directamente no es más allá de esa apariencia, más allá de una imagen-de-sí desprovista de un sí-mismo. Pensar la ciudad en estos términos nos obligará quizás a abrazar una conclusión espeluznante: que ciertamente la ciudad como tal no existe y que aquello que realmente habitamos tiene que ser forzosamente algo Otro. Un espacio distinto, sistemáticamente coartado para preponderar así la mística escenográfica de una ciudad inexistente. Y, lo que es peor, de los procedimientos por los cuales esta ciudad no sólo se codifica a sí misma sino también a aquellos que creen habitar en ella.

Partimos pues de un presupuesto algo tragicómico: pensar en algo conlleva a veces que este algo desaparezca como tal. La tensión del pensamiento convirtiendo las cosas en un burbujeo que no supera ni siquiera la primera sacudida antes de estallar mudamente en el aire. Eso le da al pensamiento un cierto aire de catástrofe. Tenemos pero que acostumbrarnos a que pensar, en un sentido estricto, es un procedimiento peligroso: en primer lugar, porque pone en peligro la pervivencia de ciertas nociones e imágenes comunes. Y en segundo lugar, porque amenaza con sustituirlas por cosas completamente distintas. Ni siquiera contrapuestas, sino irreductibles a la equiparación. Verdaderas aberraciones. Pensar puede llegar a ser una verdadera locura.

Por lo tanto, si forzamos el pensamiento en relación a la ciudad, acabamos, tal vez, llegando a la conclusión de que tal cosa no existe. Es decir, no existe determinada imagen de la ciudad. Obviamente no llegaremos al extremo cartesiano de aplicar una duda metódica global a la totalidad de percepciones inmediatas que tenemos sobre la existencia de esos elementos que configuran y contribuyen a representar la ciudad: el trazado de las calles, la distribución de espacios abiertos, la arquitectura que historiza y hasta cierto punto añade prestaciones simbólicas al retrato geométrico y legal. Todo eso existe y no sólo existe sino que forma parte indisoluble de cierto régimen de experiencia personal y colectiva que asociamos, por sistematización, al concepto de ciudad. Pero, siendo estrictos, ¿en qué pensamos cuando intentamos pensar con cierta profundidad en eso llamado ciudad? ¿Nos sumergimos en una cartografía y en una volumetría totalizantes, en una imagen panorámica que nos permita entender la ciudad como un relato completo? ¿O son más bien distintos sesgos, situaciones, escorzos y más de un punto ciego de esa misma ciudad lo que aprehendemos cuando analizamos nuestro hábitat? ¿No es precisamente el palimpsesto de distintos momentos en los que la ciudad se sustrae a su propia imagen lo que configura nuestra manera de pensar la ciudad? Cuanto menos, la manera que podemos sentir como propia, no interpuesta. No una imagen de nuestro pensamiento sobre la ciudad, sino una forma de pensar emergente a ello, esos momentos en los que, por medio del propio pensar, devenimos ese hábitat acerca del que pensamos.

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