Postpoesía (no) eres tú

People Hate All Common Artists

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Recientemente descubrí, por ese azar que es como la energía desprendida por el choque de partículas la existencia de un proyecto llamado The PostPoet. Una idea gestada por un par de artistas neerlandeses de nombre algo trabalingüístico (Emile den Tex y Matthijs Ponte) y que recoge en cierta forma el testimonio de otros múltiples experimentos en la red que buscan explotar (con mayor o menor virtuosismo o mayor o menor zafiedad, o incluso ambas cosas) la estilística de algo que podríamos llamar la random-literatura: conflagraciones textuales construídas a partir de generadores automáticos en cuyo seno se lleva a cabo la deconstrucción maquínica del lenguaje y su posterior re-composición según criterios fortuítos o bien basados en parámetros preestablecidos de métrica y harmonía. Existen numerosas páginas que permiten al usuario participar activamente del experimento y contemplar el resultado. En unos casos éste bordea la locura vanguardista mientras que en otros roza la fruslería canónica. Quizás el más interesante de todos ellos es el cut-up machine que incluye la página web Language is a virus (las referencias a Burroughs y a Gisin son demasiado obvias quizás para ser pormenorizadas): una performermachine que pretende reproducir el salvajismo métrico y textual de las correrías narcoestéticas y conspiranoides de esos dos autores. Así, pues, introduciendo por ejemplo las primeras líneas de este texto, la máquina nos devuelve la distorsión especular de un cut-up automático como éste:

«existencia por un nombre neerlandeses existencia de choque por por descubrí, llamado es el Ponte) partículas llamado existencia partículas el PostPoet. de proyecto de (Emile algo (Emile Ponte) un y de energía la artistas y artistas ese energía por desprendida The Matthijs artistas»
Más allá de la lívida satisfacción de sentirse parte de la confabulación vanguardista éste y otros experimentos no consiguen pasar del pasatiempo cultural, remozado con aderezos contextuales de calado hype. Pero en el caso de The PostPoet el asunto da un paso más allá: ya no se trata que el usuario/cómplice introduzca el texto a cortocircuitar, sino de que la aplicación se encarga de rastrear el material escrito en la red (Twitter, en este caso) y construir, por un método similar al del cut-up, pequeños haiku que son como pastiches de los hábitos y los tópicos empleados en la microcomunicación virtual. El método para activar The PostPoet es tan sencillo como mencionarlo en el propio TL de Twitter: tras hacerlo (hagan la prueba y tecleen @ThePostPoet tras cualquier arrebato que quieran dejar ahí registrado) el robopoeta genera un micropoema que es incrustado en el TL del usuario devolviéndole la mención, en un juego especular en el que el cazador acaba siendo cazado, o, como dicen los autores del feliz engendro, el colonizador acaba siendo colonizado (mimicry).
El proyecto resulta interesante por la forma tan aparentemente simple que tiene de desmontar el fuselaje de los lugares y los títulos comunes en las redes sociales que forman las masas digitales de hoy en día (si bien no es su intención demonizar dichas redes, como también se apresuran a matizar), los abusos de TT y las reiteraciones que acaban generando una verdadera erosión significante. Pero hay otro aspecto que a mi me resulta tan interesante como encantador: el hecho de que la presunción (post)poética (por algo el nombre del bicho es el que es) y la aspiración demoledora de la vieja guardia que ella conlleva no pertenezca ya por derecho propio a la aurática subjetiva o autoral sino a un dispositivo artificial dibujado con la retícula binaria del lenguaje de programación (y diseñado, eso sí, por dos mentes humanas; aunque ya sabemos que las lineas paralelas por las que discurren el autor y su obra acaban dibujando un quiebro hacia universos incomposibles). Que el destello de la experiencia estética más transgresora no se alinee junto a los cachibaches de la distinción social bourdiana («sí, en efecto, yo soy el que soy, soy postpoeta y tú no, te chinchas») o de la banalización y propagación trendy ede ciertos rasgos  de aventuras pretéritas de vanguardia, convenientemente sampleados y esterilizados para no producir contagios indeseados. Lo cierto es que el hecho de que exista un postpoeta que no posea trazo humano alguno (ni tampoco ninguno de sus postureos o inclinaciones tendenciosas a la performance de brocha gorda), basado en una metodología enteramente parasitaria, carente de intencionalidad y de discurso en la instancia epidérmica de la ejecución artística nos rebela que, posiblemente, el último coletazo que le quede al radicalismo estético esté alojado en la potencialidad autómata de una aplicación informática. Qu el último trecho que le quede a la poesía para desembarazarse de sus cortapisas sea desembarazarse finalmente del poeta, esa especie quizás igual de parasitaria que este The PostPoet pero sin duda mucho más expansiva. Al fin y al cabo, este postpoeta sólo comparece cuando se lo reclama.
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