Mientras la ciudad duerme (3)

El Super-Ello sobrevolando la consciencia urbana

Distancia focal entre el mapa y el territorio

De la misma forma que no se produce una correspondencia entre el supuesto imaginario de la ciudad y la experiencia de hábitat que cada uno fragua para sí mismo en tanto que entorno vivencial, tampoco se da una mimetización entre las hipótesis y proyectos de usufructo social en uno y otro caso. La imagen de la ciudad es una representación que conlleva la adquisición de unos roles y de unas actitudes por parte de los actores-ciudadanos-consumidores muy específicas. Reguladas y codificadas como se pretende que lo estén también los lugares por los que estos actores se desplazan y en los que se asientan, sea para integrarse en el tejido productivo o para desprenderse provisionalmente de él. Dicho de una forma laxa, la ciudad tiene planes muy concretos para quienes viven en ella. Y la pervivencia de la representación pasa necesariamente por el hecho de que la población adopte de manera sistemática estos planes, incorporándolos en el ámbito de las relaciones de producción (trabajo) y de consumo, así como también en el marco de las relaciones interpersonales. Para formar parte de esta gigantesca representación el socius o cuerpo social tiene que devenir también él mismo una representación. Pero, como ya ocurría en el caso anterior, cuando analizamos en qué consiste realmente aquello que entendemos por vivencia o relación social en el marco del hábitat urbano difícilmente lo aprehendemos como propio en los términos en los que se encuentra oficialmente articulado. Todo lo contrario, dicha experiencia resulta mucho más original, legítima, cuanto más cae del lado de la autoorganización inmanente que del de la planificación trascendente. Si nos refiriéramos a los vínculos y mecanismos de construcción social en términos de teorías de sistemas (algo muy del agrado de los sociólogos pero que aquí mencionaremos tan sólo puntualmente, con todas las reservas del mundo), podríamos decir que la ciudad como representación promulga la experiencia social de la misma en tanto que sistema cerrado de retroalimentación, mientras que lo que ese mismo cuerpo social experimenta para sí está más cerca de un sistema abierto, alejado del equilibrio y con tendencia constante a la autoorganización o autopoiesis. Cuando uno activa los mecanismos sinápticos de reconocimiento y memoria en el plano social difícilmente los alojará en circunstancias reguladas: tendemos (gracias a Dios) a equiparar como experiencia lo social precisamente a situaciones en las que esa regulación se ve fracturada, subvertida. Instancias en las que surge lo inesperado, fases de leve pérdida o desorientación con resultados en ocasiones altamente creativos, episodios de organización común de subjetividades con el propósito de alcanzar determinadas metas oficialmente vetadas o cuyas vías de consecución se quieren apropiadas institucionalmente.

Llegados a este punto de la deriva quizás sería oportuno presentar qué concepto o conceptos son los que supuestamente se ajustan con autenticidad a esa vivencia del hábitat tanto desde el plano teorético como desde el ámbito de lo práctico. No vamos a descubrir nada nuevo, lamentablemente. Pero eso no quiere decir que no dispongamos de margen para remozar, actualizar y enriquecer ese descubrimiento. Pensar es, en los casos más excelsos, crear conceptos nuevos. Pero en muchas otras ocasiones su labor pasa por el trabajo, nada desdeñable, de potenciar conceptos ya existentes hasta que estos ofrezcan todo cuanto pueden dar de sí. En el caso que nos ocupa el concepto en cuestión es el de lo urbano. El reto conceptual es aquí doble, puesto que por un lado nos obliga a caracterizar debidamente esta noción y la forma de experiencia que conlleva en contraposición a (o mejor dicho a diferencia de) la ciudad, mientras que por el otro no podemos soslayar las atribuciones que se le han otorgado históricamente a este mismo concepto. Atribuciones que por lo general lo han relacionado directamente con la misma representación de la que pretendemos distanciarnos, convirtiendo lo urbano en la materia en bruto de esa visión científica, esa mathesis del proyecto de ciudad denominado urbanismo.

Tenemos amplias ocasiones para comprobar hasta qué punto la experiencia urbana dista de pertenecer a las planificaciones urbanísticas. Cómo, en realidad, se impregna de un catálogo de registros vivenciales que hace suyo determinadas variabilidades de la experiencia individual pero sobre todo colectiva irreductibles a la composición cerrada y al reparto de papeles y funcionalidades propio de la ciudad como representación:

«Levantar por cien veces, topográficamente, la ciudad desde sus pasajes y sus puertas, cementerios, burdeles, estaciones…, tal como antes se hizo desde sus iglesias y mercados. Las ocultas (…) figuras de la ciudad hechas de asesinatos, rebeliones, sangrientos nudos en la red de calles, y los nidos de amor, y los incendios…» (Walter Benjamin)

«Las ciudades, como los sueños, están construidas de deseos y de miedos, aunque el hilo de su discurso sea secreto, sus reglas absurdas, sus perspectivas engañosas, y toda cosa esconda otra.» (Italo Calvino)

Dichas variabilidades resultan en muchos casos factores de riesgo extremo para la pervivencia de la ciudad misma, puesto que dándose en el núcleo o en zonas relevantes de esa representación parecen destinadas a implosionarla sin remedio. Es entonces cuando la ciudad ejecuta los únicos movimientos que podríamos considerar enteramente para-sí-misma y que, espoleados por la necesidad de preservación del sistema, tienden al refuerzo del control interior y a la represión o incluso supresión de esos conatos implosivos.

También se nos abre la posibilidad de caracterizar lo urbano y su potencial ignífugo en estrecha simbiosis con determinados comportamientos artísticos. Y resulta pertinente que hablemos de comportamientos, puesto que si de alguna manera el arte puede y debe integrar consubstancialmente la experiencia de lo urbano es por medio de perspectivas que profundicen en la praxis de lo artístico más allá de su esfera de ejecución solipsista o representacional. Perspectivas en las que el arte devenga netamente conductual, procesual y performativo. Es en esos casos en los que produce un feliz agenciamiento mutuo entre lo político y lo artístico dando lugar quizás, ahora sí, a un nuevo concepto cuyo diseño todavía no ha sido bautizado, pero que sin duda incorpora en su matriz la emergencia fundamental de ambas realidades, la política y la artística: una especie de técnica o poiesis ciudadana que en su quehacer inmediato, en su ingerencia directa sobre las cosas y las ideas permita dibujar el hábitat en tanto que espacio de sentido (compartido) y no en tanto que cúmulo de lugares significativos (compartimentados).

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