Siempre nos quedará la represión

Auto-representación sacramental en detrimento de la realidad

Auto-representación sacramental en detrimento de la realidad

Sentimos que el espacio se desvanece. La ciudad como ente representado, como fantasmagoría colectiva, se sitúa en un plano cada vez más lejano y abstracto. Desposeídos del uso directo de los lugares, de los emplazamientos públicos y de los servicios, contemplamos con una mezcla de estupor y de ira condensada cómo el espacio urbano deviene un imaginario procesual imbricado en las lógicas intangibles del capitalismo cognitivo, la información codificada y el espectáculo volátil. Una ficción metodológica en la que ya no somos ni siquiera personajes o lectores, sino productos. Figuras retóricas.

Pero no hay que preocuparse. O al menos no en exceso. La ciudad, a pesar de toda esta progresiva volatilización de sus componentes, sigue ofertando experiencias tangibles encaminadas a erradicar cualquier duda acerca de su existencia real. Más tangibles y veraces que el consumo de mercancías, imágenes y afectos. Más evidentes que cualquier proceso de co-participación ciudadana en los fastos de la simulación política. Ese conjunto de experiencias actúan a la manera de una terapia de shock, un latigazo que reajusta las coordenadas y nos devuelve al mundo real aunque sea a través de una senda dolorosa.

Uno podría preguntarse hasta qué punto resulta lógico que la sociedad de control (ya preconizada en su momento por Deleuze), en cuyo seno parecían erradicarse las técnicas disciplinarias y represivas de antaño por las más eficientes tecnologías de monitorización del individuo y de gestión de la información[1], insista en reproducir (en algunos casos con una fuerza inusitada) patrones de violencia y coacción que lejos de brotar como hechos o situaciones puntuales irrumpen de manera sistemática, llevándonos a la conclusión de que se trata, en realidad, de fenómenos estructurales. ¿Cómo se explica la coexistencia de ambas modulaciones de la experiencia urbana? ¿No implica la violencia coercitiva real un menoscabo de la representación pulcra e inefable, sin fisuras operativas, de esa supuesta ciudad inteligente y sostenible? En estos últimos años hemos visto como en Barcelona, por ejemplo, se incrementaban (o sea evidenciaban) espectacularmente los casos de violencia policial en distintos contextos (en manifestaciones, en altercados, en el Centro de Internamiento de Extranjeros, en el redil de las comisarías) al tiempo que la ciudad seguía empecinada en re-presentarse como una fantasmagoría de proyectos ideológicos e infrastructurales presuntamente ligados a la eficiencia, la sostenibilidad y la atención «smart» al ciudadano. Congresos e incubadoras de I+D (World Mobile Congress, Districte 22@, Hub Barcelona) despliegan su catálogo de nuevos servicios y emprendedoras propuestas de diseño inteligente mientras a escasos quilómetros e incluso a escasos metros se suceden cuadros y autos sacramentales de represión que parecen tener referentes muy distintos en lo que a la gestión de la res pública se refiere. Una desnudez salvaje, atávica, que nada tiene que ver con la supuesta transparencia e hiperaccesibilidad de las que se quiere dotar a la experiencia urbana desde los altares del tutelaje institucional y empresarial. Una especie de discontinuidad histórica que genera también, obviamente, una sospechosa heterogeneidad de representaciones.

Cabría preguntarse en primer lugar si, de hecho, las sociedades de control han abandonado realmente el factor disciplinario de los modelos sociales precedentes. O si, por el contrario, ese control (de la movilidad, de la información) no es en sí mismo una variante disciplinaria cuya efectividad reside en su capacidad de introducir la domesticación en los usos cotidianos del espacio y del tiempo. Una disciplina ejercida a través del pretexto del servicio público. En lugar de vigilar y castigar, vigilar y conducir. Del matadero al rebaño, en una operación inversa que si bien no elimina la naturaleza disciplinaria del proceso sí la liga a un contexto en el que el sujeto social es un producto más y por lo tanto requiere ser preservado hasta cierto punto con fines de mercado. Inoculando en él si acaso un cierto nivel de obsolescencia programada que lo llevará a desactivarse de la trama cuando sus prestaciones ya no resulten necesarias en el conjunto de operaciones. No es por lo tanto tan nítida ni radical la translación de un modelo disciplinario a un modelo de control.

Otra cosa es el asunto de la represión. El ejercicio de la represión no genera ninguna plusvalía económica: no busca la optimización del producto, su debida canalización a través de los flujos y los hábitos pertinentes. Y carece por supuesto de la sutileza de los aparatos de control que trabajan en la distancia, en la opacidad más transparente. La represión está únicamente destinada a sedimentar la intimidación y el miedo y, en última instancia, cuando la violencia alcanza su éxtasis, a eliminar literalmente los elementos reprimidos. Nada de obsolescencia. Muerte a la vieja usanza. Los estallidos de represión en las ciudades actúan como puntos de indeterminación que parecen arrastrar el sistema hacia una variante caótica e inestable de sí mismo, donde las fórmulas y las impolutas representaciones de su inteligencia soberana zozobran ante otras representaciones que parecen buscar su legitimidad en referentes distintos cuando no incluso incompatibles. Y, aún y así, desde las instituciones y el poder adherido a ellas, desde los medios informativos afines, se sigue defendiendo a ultranza ese ejercicio de represión como necesario, como la única manera de desactivar conductas que amenazan con sabotear el funcionamiento general del sistema y emborronar la consistencia de su imaginario.

Una posible respuesta a este atolladero sería que tal vez la mutación de las sociedades de control todavía no se ha completado. Que si bien la imagen global de la ciudad ha conseguido alcanzar un estimable grado de adecuación al proyecto para ella diseñado los entresijos de esa imagen, ciertos recodos específicos de la misma aún están lejos de comportarse con la fiabilidad que exige dicha representación para funcionar como un todo homogéneo. Flecos del imaginario colectivo parecen resistirse todavía a integrarse en el nuevo modelo y generan por lo tanto problemáticas cuya resolución tiene que llevarse a cabo obligatoriamente en el lodazal de la inmediatez, en el campo de batalla tradicional. Estos escollos que impiden suturar de manera definitiva las grietas del nuevo imaginario suponen además una amenaza añadida: la de generar bucles, circuitos retroalimentados que no sólo entorpecen la fluidez de la representación sino que pueden incluso provocar situaciones de disrupción en las que la imagen de la ciudad se desnaturaliza, se desconfigura. El círculo rechazo-represión se convierte entonces en una espiral que amplía su radio de incidencia bloqueando y haciendo retroceder la expansión de la fantasmagoría urbana. Los hechos acaecidos durante y después del desalojo y demolición parcial del centro social autogestionado Can Vies, en el barrio de Sants de Barcelona, son una buena muestra de ello.

Aunque también se puede optar por la suspicacia y pensar que en lugar de tratarse de una falla del sistema pendiente de actualizar, ese ejercicio de represión va encaminado a extender una consigna: la de que, en el marco de una ciudad enteramente abstracta y abstraída el precio a pagar por mantenerse en el terreno de lo real es necesariamente doloroso. Que no vale la pena el esfuerzo de preservar un cierto ámbito de experiencia y de perspectiva de los hechos puesto que, de hacerlo, uno corre el riesgo de verse capturado por la versión más violenta y represiva de las estructuras de poder y de las formas correspondientes de representarse a sí mismas. Que la alternativa a este presente proyectado hacia el futuro es volver a un pasado cuyas secuencias grabadas en el imaginario colectivo se desearían borradas ya completamente. La represión entendida y practicada pues no tanto como intimidación sino más bien como chantaje. Este chantaje opera además un último movimiento añadido: el de pretender que esos estallidos de violencia real son en el fondo micro-representaciones dentro de la representación general de las cosas. Recursos escénicos algo pedestres y groseros de los que se tiene que echar mano para recordar a la ciudadanía las bondades y la necesidad de abrazar la representación institucionalizada.

[1] Deleuze, G: Post Scriptum a las sociedades de control, en Conversaciones, Valencia, 2002, Pre-Textos.

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