Pequeña teoría de las catástrofes

¿Corremos hacia la catástrofe o huimos de ella?

¿Corremos hacia la catástrofe o huimos de ella?

Los medios nos inundan con imágenes (porque las imágenes son vórtices líquidos y cuando rebasan los cauces que podemos soportar nos ahogan y nos arrastran hasta las profundidades) del suceso: planos de rostros desencajados por el dolor, aproximaciones desde distintos ángulos al lugar del acontecimiento, recreaciones virtuales de lo acaecido ofrecidas desde la superficialidad del simulacro. Todo está dispuesto para inocular en nuestro imaginario la sensación de lo dramático y de lo inconcebible hasta que, al unísono, encontremos nuestro particular nicho de empatía común en una sola pregunta: ¿cómo ha podido suceder esto?

Puede tratarse de un avión estrellándose en lo más escarpado de una cordillera. O un tren descarrilando a pocos metros de su llegada a la estación. O una inesperada explosión en el núcleo candente de una central nuclear. Accidentes. Catástrofes. Más allá del dolor íntimo, directo e intransferible de aquellos personalmente implicados en el desastre, existe un campo gravitatorio que mantiene unidos en la compungida estupefacción a todo el resto de sufridos espectadores. La incógnita atenazante de no poder comprender cómo pudo suceder. El caso es que, en situaciones extremas como éstas es cuando se vislumbra de una manera feaciente el parámetro fundamental por medio del cual este mundo sigue estando tenazmente escindido: no se trata tanto de la separación entre recursos materiales o valores culturales, si bien esa distinción está ahí y es herramienta de yugo y de propaganda constante. Es más bien la distinción entre un mundo que se considera plenamente moderno (con sus veleidades postmodernas perfectamente integradas) y otro que, desde el primero, sigue siendo visto como una tundra asolada por el rigor de lo primitivo y de lo arcaico.

En el mundo moderno se ha buscado conjurar y eliminar la posibilidad de la tragedia, del drama inevitable. La técnica y sus epígonos instrumentales han procurado eliminar el margen de error y el azote de la indeterminación en tanto se manifiestan como prolongaciones tentaculares de la fatalidad antigua, de ese mundo pretérito en el que el hombre no podía hacer otra cosa frente a los elementos que consignar, con su ingrato heroísmo, el poder incuestionable de aquellos. La preheminencia del acontecimiento exterior a cualquier agenciamiento humano. Hemos manipulado las transiciones espacio-temporales, organizado la vida en común, generado todo un universo de artificios con el único objetivo de vencer a la fatalidad. Ese es nuestro rango de orgullosa modernidad. De ahí que, cuando se produce alguna de esas catástrofes de las que hablábamos, nos atraviese la incrédula angustia de la pregunta: ¿cómo ha podido suceder esto? Entonces apelamos a posibles errores técnicos, negligencias en los procesos de revisión de nuestro instrumental (¿el avión era demasiado viejo? ¿el tren iba demasiado deprisa o las vías estaban en mal estado?) hasta que al final la catástrofe acaba sirviendo, tal que en un cruel episodio de dialéctica hegeliana, como cimiento para un nuevo paso en el plan global de dominación de lo imprevisto: aplicaremos criterios más estrictos de obsolescencia, mantendremos bajo vigilancia policial a los conductores, extremaremos las medidas de seguridad en las centrales nucleares. El mundo moderno no puede permitirse semejantes catástrofes.

En cambio, cuando un tren descarrila en alguna zona periférica de Bombay dejando un rastro de centenares de cadáveres, o cuando un tifón asola aldeas enteras en Filipinas o un edificio entero de Bangladesh en el que trabajaban hacinados centenares de esclavos subalternos de una multinacional textil se viene abajo, ahí nos permitimos emplear el término de tragedia con mucha más soltura. ¿Por qué? Por que ahí se vive bajo la opresión de lo arcaico. Porque ahí lo más normal es que sucedan estas cosas ya que, despojados de la coyuntura moderna y de sus exigencias de optimización los seres humanos están abiertamente expuestos a esa incertidumbre que nosotros combatimos y de la que, afortunadamente, conseguimos escapar la mayoría de las ocasiones. El tratamiento mediático que merecen uno y otro tipo de catástrofe es una evidencia meridiana de esta radical diferenciación: las tragedias acontecidas en ese lejano mundo subdesarrollado (llamémoslo antiguo, sin más) se deshilachan rápidamente, arrastradas por su naturaleza inevitable, por su estructura y narración perteneciente al género de la fatalidad. En el mundo moderno, sucesos equivalentes o incluso cuantitativamente menos onerosos copan semanas e incluso meses de rabiosa preheminencia. Los detalles y los arabescos informativos se multiplican fractalmente hasta hacer que la noticia sea la noticia del evento y no el evento mismo. No es para menos: que se produzca una de esas catástrofes pone en jaque nuestra posición en la lucha por la preponderancia frente al mundo del que hemos extraído nuestra imagen del mundo. Nos coloca frente al abismo insondable de lo que no puede ser manejado sino simplemente narrado en dramática sincronicidad a la exposición de sus efectos. Nos vuelve, en definitiva, arcaicos. Tanto esfuerzo para nada. Tanto sacrificio y racionalidad invertida para acabar en manos de la pavorosa accidentalidad.

Ser pasto de la tragedia no sólo es de pobres. También es de antiguos.

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