Apuntes desde la ciudad fantasma; (1) usted (ya no) está aquí

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Todo esto podría escribirse desde la óptica de una relativa fascinación. Esa forma de temor y de temblor que uno podía experimentar en tiempos pretéritos ante el aposentamiento irrevocable de un futuro hecho presente y afianzado en los cimientos de ese palimpsesto de imaginarios que desde siempre ha sido (o ha pretendido ser) la ciudad. La fascinación (si bien algo circunspecta) de Julio Camba ante el fragor de La Ciudad Automática, por ejemplo. Pero lo nuestro transitará más bien por otros derroteros. Seremos en todo caso pasto de cierto pavor y de un recelo visceral (incluso lírico, como el que experimentó Lorca ante la Ciudad sin Sueño) enfrentándonos al devenir de ese retruécano hipertecnológico llamado Smart City. Ciudad inteligente. Lo cual, a modo de petición de principio, implicaría que lo acaecido hasta este momento caería en el saco de algo que se podría denominar ciudad idiota, o ciudad estúpida. Aunque probablemente el epíteto que más le convendría sería el de ciudad incompetente. Todo parece indicar que la ciudad del futuro ya no tiene que fascinar por su apabullante monstruosidad, ni siquiera por su (aparente) audacia estética. La fascinación que busca el capitalismo en la enésima reformulación de su reservorio urbano es la fascinación por la competencia y la optimización. La ciudad ya no será un relato, sino un programa.

Existen dos tipologías sociales que resultan netas beneficiarias del formato de ciudad como producto representativo. Y el factor que las une está directamente ligado a la cuestión del consumo. En primer lugar están las clases altas autóctonas, la ciudadanía de elevado pedrigrí económico cuya relación con el entorno urbano se basa en una dialéctica de aprensión / apropiación. Aprensión respecto a la otredad por un lado, a todo cuanto discurre en las periferias de sus baluartes residenciales y laborales; apropiación por el otro de los servicios y los bienes de consumo que la ciudad les oferta en los incólumes fortines destinados a ello y cuya exclusividad no hace más que contribuir a una iconografía de distinción segregacionista y autárquica. Esas clases altas, que con el tiempo han visto diversificado el perfil de sus componentes (de los burgueses propietarios de los medios de producción a toda la cohorte de esa mixtura denominada «profesionales liberales») no son simples figurantes: son parte activa en el trazado de una determinada imaginería de la ciudad y su implicación en la misma conlleva procesos reales y muy potentes de configuración del espacio urbano que culminan en eso llamado gentrificación y que, en palabras de Neil Smith, podría ser definido como

«[…] el resultado de la confluencia de una política de clase que apuntaba a las peligrosas clases trabajadoras, diseñada para consolidar el control burgués de la ciudad, y que constituía una cíclica oportunidad económica de obtener ganancias a partir de la remodelación […] Ya no se puede concebir la gentrificación como una rareza limitada y quijotesca del mercado de la vivienda, ésta se ha transformado en el extremo residencial dominante de un proyecto mucho más grande: la reconstrucción de clase del paisaje de los centros urbanos.»[1]

Lo que viene a decir Smith (y que resulta fácilmente corroborable hoy en día) es que la cuestión del hábitat privado o residencial, posiblemente el factor más perseverante y aparatoso de todo proceso de gentrificación (puesto que conlleva transformaciones visibles en la superficie de la imagen-ciudad así como dramáticos desplazamientos de sus ciudadanos-figurantes) no es más que la punta del iceberg de un proceso que, en última instancia, atañe a la totalidad del espacio urbano como hábitat público, trasladándose al ámbito exterior los acondicionamientos y prerrogativas domésticas que esas clases pudientes disfrutan en el ámbito interior ya consolidado de sus respectivos hogares o ámbitos de producción. Aquí, por lo tanto, se produce una convergencia dinámica y muy poderosa entre el imaginario particular, doméstico, y el imaginario colectivo de la planificación urbanística hasta el punto de que uno parece (si no es) la extensión del otro. Estas clases distinguidas contribuyen al argumentario de la Gran Novela de la ciudad y, por supuesto, disfrutan después leyendo (o mejor dicho consumiendo) los mejores y más lustrosos pasajes de la misma.

Los otros grandes beneficiarios de esas representaciones de la ciudad o de las ciudades como representación (y cuya pujanza está directamente relacionada con los factores de gentrificación anteriormente citados) son los turistas. Esa masa en crecimiento exponencial formada en el rastreo y reconocimiento de un catálogo muy determinado de imágenes y arquetipos y cuyas necesidades de consumo y de desplazamiento condicionan de forma cada vez más grave el dibujo de las ciudades que visitan / ocupan, hasta el punto de que, en casos extremos como el de Barcelona (pero también Venecia o Praga, Copenhague o Granada[2]) uno puede tener la sensación de que los servicios (tanto insumos como consumos) de esa ciudad se encuentran ya formalmente establecidos para saciar de forma única y exclusiva las demandas del turista. El turista acaba pues mutando en el verdadero y más prolífico ciudadano de esas urbes gentrificadas, debido a los diferenciales de renta respecto a los habitantes autóctonos, que le permiten acceder a productos y precios potencialmente inasequibles, y a la voracidad en lo que al consumo simbólico se refiere, lo que conlleva que las ciudades gentrificadas asuman un carácter imaginario aún más evidente si cabe, deviniendo ciudades-postal. Uno puede hacer el simple experimento de permanecer unos quince o veinte minutos en una parada de autobús de Barcelona y contabilizar la cantidad de autobuses turísticos que llegan a circular por la zona en comparación con la cadencia con la que lo hacen las líneas urbanas regulares: el trazado turístico que siguen esos autobuses y, por ende, la representación que de la ciudad se ofrece al turista en esos trazados acaba imponiéndose y desplazando (en cantidad, en regularidad, en presencia efectiva) el trazado funcional e inmanente del que el hasta entonces considerado ciudadano participaba empleando el transporte público y que, en la mayoría de casos, conectaba dos nodos de experiencia personal incontestables como son el trabajo y el domicilio.

Figura #1

Figura 1

 

Figura 2

Figura 2

(Fig. 1: la tupida, casi rizomática imagen de la ciudad que se desprende del plano de la red de autobuses urbanos regulares de TMB [Transports Metropolitans de Barcelona], contrasta con la diáfana disposición de las rutas que llevan a cabo las dos líneas de autobuses turísticos de la misma TMB [Fig. 2] y que muestran un notable vaciado de la trama, simplificando la imagen representada de la ciudad y limitándola a dos circuitos cerrados, articulados alrededor de una previsible selección de icónicos nodos patrimoniales. Dichos circuitos ignoran (es decir, hacen in-visible y por lo tanto, en última instancia im-pensable) buena parte de la geografía urbana, reduciendo la ciudad a un cuadro sinóptico, un diagrama esquemático de sí misma tan fácilmente consumible -a nivel perceptivo y simbólico- como difícilmente aprehensible en tanto que experiencia real.)

La conclusión es pues tan nítida como grave: la experiencia cotidiana y vivencial del ciudadano está dejando de tener cabida en las nuevas formulaciones de la ciudad, siendo sustituída por la representación (esquemática, prudentemente distanciada y aséptica) de un catálogo de experiencias serializadas y destinadas al consumo episódico y secuencial propio de la vivencia turística masificada.

[-] es [+]. Mucho [+]

Estar subyugado a una representación parcial y preestablecida implica numerosos riesgos. Uno de ellos, como estamos viendo, es el de acabar atrapado en un marco contextual reduccionista: el mapa no se superpone miméticamente al territorio que lo inspira como sucedía en el cuento de Borges sino que lo espurga antes de sustituirlo, efectúa un reemplazo en el cual la esquematización proyectiva y la simplificación simbólica acaban ocupando el lugar del marco vivencial al que referían. Como si la complejidad de la experiencia personal fuera sustituída no ya por el lenguaje desnudo sino por su destilación lógica de la que hubieran sido extraídas todas las rebabas que no cumplieran un cometido estrictamente funcional. Como si de repente todo cuanto pudiera decirse y captar del mundo debiera quedar subsumido a un rasero de proposiciones y relaciones formales que coartaran hasta el extremo el potencial expresivo y conductual de sus habitantes. Toda la poesía de la existencia limitada a cacarear incesantemente A∨B, A∧B, A=B… La representación positivándose a sí misma y a la realidad de la que brotó, esclerotizando el factor simbólico del lenguaje y de la imagen y reemplazándolo por una despótica simplificación instrumental del contexto así como de las relaciones entre sus elementos. Ampliando el espectro del cuento de Borges, se pasaría del territorio al mapa, de éste al esquema y del esquema, finalmente, a la fórmula. La fórmula del éxito, del rédito puesto que en toda esta operación no subyace otra cosa que una economía política del signo: una reducción de costes en lo relativo al sentido y a la significación por una parte y un incremento de beneficios referido al control y la interpretación de los hechos por la otra.

Eso es algo que late de manera muy clara en todo cuanto rodea a la sociedad de la información: en ella se produce la síntesis, el filtraje y la canalización de toda una constelación de experiencias que hasta entonces demandaban un complejo dispositivo de expresión (en el que el factor verbal no tenía por que ser preheminente) y que ahora resultan fácilmente codificables, procesables y transmitibles según parámetros formalistas e hiperlógicos. En el reverso tenebroso de la sociedad de la información se halla el canje del vetusto binomio referente / representación por el de código / simulacro. El resultado de esta transmutación es que no se produce una translación del ámbito experiencial al ámbito de la representación, sino que todo sucede ya al otro lado del espejo. La codificación de la experiencia y el imaginario latente que ese código contiene constituyen en la mayoría de casos las únicas coordenadas espacio-temporales de las que disponemos para saber dónde estamos y qué nos corresponde hacer en cada caso.

Así las cosas, la ciudad novelada, ficcionalizada (que no ficticia) y los mapas mentales correspondientes que genera pierden progresivamente su utilidad a la hora de establecer los parámetros de reconocimiento y fijación del imaginario urbano. Ocupan un espacio y exigen un despliegue temporal demasiado prolijos en un contexto en el las coordenadas de consumo se contraen hasta rozar los límites de la inmediatez temporal y de la espacialidad nanoscópica. La imagen de la ciudad debe ser entonces la traducción de las necesidades acuciantes de una nueva economía (y una nueva política) que se desarrolla y se propaga a través de una curva espacio / tiempo que tiende a la disipación, a una cadencia en la que el intervalo entre lo real y su exposición pública se vuelve tan ínfimo que prácticamente ya no hay margen para establecer esa correlación. La experiencia tangible aparece entonces como algo aparatoso y disfuncional, casi obsoleto; y la codificación y representación de la misma, sintética, dotada de una ingravidez se diría que fantasmal, se basta y se sobra para no ya relatar, sino informar de lo que sucede por un lado y establecer los modos en como aquello que sucede tiene que ser representado e interpretado, por el otro[3].

 

[1] Smith, N: La nueva frontera urbana; ciudad revanchista y gentrificación, Madrid, Traficantes de sueños, 2012, pp 83-87

[2] «En la zona de Christianhavn, alrededor de la “ciudad libre” de Christiania, en el distrito costero de Coppenhague y en los callejones de Granada adyacentes a la Alhambra, la gentrificación avanza en una tensa afinidad con el turismo. Incluso, más allá de los continentes más desarrollados (Norteamérica, Europa y Australasia) el proceso también ha comenzado» (Smith, N: Op Cit, p. 85) Evidentemente los indicios que en 1996 -fecha en la que Smith publicó su ensayo seminal sobre el tema- eran incipientes en estos momentos pueden considerarse no ya indicios sino hechos consumados. Por esas fechas, por ejemplo, la gentrificación y masificación del turismo en Barcelona aún no era un fenómeno evidente más que para algún avispado sociólogo, puesto que se estaban todavía sufriendo las consecuencias de la deflagración económica que la ciudad sufrió tras el shock olímpico de 1992. Sin embargo, y siguiendo las tesis de Smith, podemos aventurar que fue esa deflagración económica, junto con la consabida desinversión urbanística que la acompañó, la que cimentó el posterior reflote gentrificador de la urbe gracias a la reinversión de capital inmobiliario que se produjo como consecuencia de la disminución del precio del suelo y de los costes derivados.]

[3] Conviene quizás recordar aquí el papel del cine como fuente privilegiada de relatos e imaginarios urbanos desde prácticamente sus inicios. La manera en como la narración cinematográfica ha ensamblado (en ocasiones de manera ejemplar) las distintas perspectivas y líneas de fuga implicadas en la consolidación de esos imaginarios ha llevado en ocasiones a generar verdaderos trampantojos históricos en los que la representación entusiasta del presente parecía apuntar más allá de sí misma, convirtiendo de hecho la exposición de ese presente en una proyección del futuro. Las expectativas ilimitadas de ciertos movimientos de la vanguardia artística en la teleología del progreso, así como el enfoque escatológico que determinadas ideologías aportaron a sus aparatos de propaganda fílmica generaron la paradójica experiencia de estar viviendo, a través de la imagen cinematográfica, la tensión simultánea del presente y del futuro deshilvanándose al unísono. Mucho tiempo después (con la salvedad de la oracular Metrópolis, que contaminó desde su raíz ese entusiasmo hiperhistórico oscureciéndolo con el tenebrismo estético y moral del expresionismo), esa limes solidaria entre las dos líneas temporales se fractura irremediablemente: la distopía triunfa como paradigma de representación del imaginario urbano y el cine muestra entonces la amenaza de que el presente acabe conllevando ese futuro que se nos está mostrando. Un futuro en el que el apocalipsis distópico evoluciona en lo que al modo de ofrecerse tiene hasta llegar al cénit en el que lo que debemos temer ya no es que ese futuro se haga realidad, sino que este presente se convierta en algo completamente ficticio. Si una virtud puede hallársele a The Matrix (la única a nuestro entender, y groseramente dilatada) es precisamente esa: la de plantear un imaginario futuro en el que lo más grave no sea quizás el hecho de que el ser humano haya perdido la pugna evolutiva respecto a las máquinas, sino de que la realidad residual que se le otorga tras la derrota sea toda ella representación y no solo eso, sino una representación sintética, generada por y desde una matriz operacional exclusivamente tecnológica (aunque reproduzca fielmente la inmediatez vivencial humana) y que por lo tanto no le pertenece como experiencia: el tiempo y el espacio vividos devienen jurisprudencia precisamente de aquello que los ha aniquilado como tal vivencia, reduciéndolos al escombro de un código atemporal que no ocupa lugar alguno.

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