Apuntes desde la ciudad fantasma (2); InfoDrome

Hay que ser muy listo para esto, ¿verdad?

Hay que ser muy listo para esto, ¿verdad?

El otro gran riesgo es el de la reificación de ese nuevo imaginario positivista. Es decir, su autonomización radical y su paso de la condición de producto a la de productor (y por extensión también la de gestor de la producción). Ello sucede cuando el discurso acerca de la fiabilidad y legitimidad de una representación cala lo bastante hondo como para que uno (un individuo o la sociedad entendida como un cuerpo unitario) acabe delegando en esa representación las atribuciones no ya simbólicas sino también pragmáticas y performativas que hasta entonces caían del lado de su jurisdicción personal. En cierta forma esto no vendría a ser otra cosa que una evolución exponencial de la pulsión religiosa, especialmente aquella cuyo origen radica en la sacralización de la imagen, en la trascendentalización de un producto cultural. El racionalismo (desde su bisoñez cartesiana hasta su madurez instrumental capitalista) llevó a cabo, como es sabido o debería serlo, una transducción profana de toda esa liturgia, generando su propio panteón de ídolos y oficiantes autorizados (el Estado, el Mercado, la Información, etc). La dejación de funciones y de competencias en la bruma espectral de esa nueva teología convierte el factor humano en un producto subsidiario aquejado de un cuadro de patologías y disfunciones que acaban reclamando para sí, aunque sea de forma pasiva, nuevos y más ubícuos aparatos de producción y gestión de la experiencia. Y en ocasiones, cuando uno se percata del alcance de esa fantasmagoría, ya es demasiado tarde. ESO ha tomado el control de la situación. Como lo hizo Skynet, como lo hizo Matrix o como lo hace por ejemplo un determinado proyecto de ciudad diseñado para funcionar con un elevado nivel de autonomía.

En ese nivel de cosas aparece lo que podríamos considerar el mayor grado de paroxismo en lo que a la reificación de la imagen de la ciudad se refiere: la Smart City. Planteadas como un paradigma de eficiencia y por supuesto de inteligencia procesual (en lo que se refiere a la gestión de recursos y la generación de conocimiento), las smart cities tienen como punto de partida tácito el hecho de que la ciudad ha devenido lo bastante inteligente en sí misma como para pensar por y no para sus habitantes. Bajo la corteza de un nuevo estrato urbano poblado de viveros de innovación, laboratorios de I+D y estrategias de optimización y sostenibilidad se oculta un hecho insoslayable: la ciudad se encamina a ser, en última instancia, un proyecto de y para sí misma. Una imagen que simplifica el campo de interacciones con el ciudadano (con un papel cada vez más predominante de los mecanismos telemáticos y de los servicios automatizados) al tiempo que hace más complejas y sofisticadas las tácticas de blindaje y preservación de sus atribuciones debido a todos esos procedimientos de optimización funcionan bajo doseles codificados y regulados. La fantasía del hogar domótico (inteligente) que llenó el imaginario de la clase media con la eclosión de la sociedad de consumo y sus gadgets ha saltado, como sucedía en el caso de la gentrificación, al ámbito del espacio público. Todo es más pulcro, más sencillo, más eficiente. Todo es más smart.

También se asegura que la Smart City facilita, gracias a la implantación generalizada de las nuevas tecnologías de la información, el acceso al conocimiento cuando en realidad lo que se hace es canalizar, distribuir y regular los parámetros de acceso a ese conocimiento al tiempo que se prima la inmaterialidad de la interacción humana y el circo de la simulación y la realidad aumentada: el estrato simbólico queda preso entonces en una red de virtualidades codificadas (¿en cuántas contraseñas y nombres de usuario deberá des-integrarse y re-integrarse un solo ciudadano para acceder a todos estos supuestos servicios?) y, por supuesto, sometidas al control por parte de los monopolios empresariales y de mercado de todo ese entramado tecnológico y de prestaciones. Basta echar un vistazo al borrador del Mapa Tecnológico «Ciudades Inteligentes» elaborado por el Observatorio Tecnológico de Energía (dependiente del Ministerio de Industria, Turismo y Comercio) en 2012 y analizar las distintas vertientes que, en lo relativo al cuidado de la ciudadanía, supone la implantación de una Smart City tipo:

  • «Implementar diferentes servicios para aumentar la comodidad y seguridad del ciudadano como las consultas médicas vía telefónica (tele-médicos), la integración de las alarmas de extinción de incendios en la domótica de los edificios, prevención de inundaciones y sistemas antirrobo.
  • Asistencia a la movilidad y prevención del aislamiento social en los mayores.
  • Creación en la red de grupos de debate, grupos de colaboración (networking) y puntos de encuentro (p. ej.: LinkedIn) para emprendedores. Desarrollo de “incubadoras” para comenzar colaboraciones con universidades, inversores de capital riesgo, fondos de inversión, etc.
  • Sistemas de aprendizaje online, formación permanente por ordenador, foros de apoyo y colaboración con expertos, información sobre oportunidades laborales y encuentros que favorezcan la recapacitación.
  • Utilización de las nuevas tecnologías de información y comunicación para desarrollar museos virtuales, realidad aumentada, arte digital, co-creación y otras actividades de ocio, así como traducciones asistidas en tiempo real y mediación cultural.»[1]

O, lo que vendría a ser lo mismo:

  • -Acceso teledirigido al conocimiento y a los servicios asistenciales
  • -Cultura devenida en ocio virtualizado y difundido en entornos de simulación controlada
  • -Interpenetración de la lógica del capital financiero en los procesos de empoderamiento colectivo
  • -Priorización de los factores de previsibilidad y comodidad en la configuración de la experiencia de interrelación con el entorno.

La Smart City es un proyecto sociourbanístico diseñado desde el paternalismo, que escamotea al ciudadano la producción y el control directo de los sistemas informacionales y epistemológicos, sustituyéndolo por la simple comodidad de su usufructo, distante y mediado. Tutelando los ámbitos de debate y de comunicación -y por supuesto reemplazando la crítica por la emprendenduría. Genera, pues, la fascinación pasiva del consumidor-usuario diluído en los cauces de la eficiencia tecnológica, la intersubjetividad espectral y la red sináptica de una inteligencia espectacular: súbdito acomodado en el mejor de los mundos posibles.

El argumentario tecnofetichista de la ciudad inteligente persigue como último objetivo pues la transformación del ciudadano en un idiota integral. Y, en paralelo a la idiotización del ciudadano «convencional», producir también una tipología de ciudadano optimizado, actualizado. Un upgrade o «smart people» integrable en esta lógica procesual, de la misma forma que uno puede incorporar una nueva línea de comandos en una cadena de órdenes de programación. Este ciudadano-comando es también él mismo una representación, una versión codificada y sintética del prosaico ciudadano físico y social cuya existencia se reduce a la de contribuir, por medio de sus patrones de consumo de información, a la vertebración del sistema general. Es un dato que al mismo tiempo consume otros datos, un elemento engarzado en una espiral computacional cuya expansión, del simple bit a la ciudad-procesador, supone la progresiva espectralización del espacio urbano.

Más allá (o quizás en las entrañas) de la ciudad-espectáculo que se propagó con el ímpetu del capitalismo post-fordista y del enjambre cultural de la postmodernidad -y que parecía ser el éxtasis insuperable de la urbe como simulacro-, la ciudad-procesador o Smart City culmina una imagen de la ciudad en la que de hecho ya no es necesaria ni siquiera la imagen propiamente dicha, sino que basta con otorgar la preheminencia al simple proceso. En consonancia con la simplificación de los usos y los roles en el contexto urbano, la Smart City opera de forma análoga en lo que sus modos de representación se refiere: generando cartografías íntegramente basadas en el paradigma procesual y en los que el espacio queda reducido a una convención mínima, a un simple coadyuvante simbólico. O en palabras de Manuel Castells,

«…pese a la extraordinaria diversidad de contextos culturales y físicos, hay algunos rasgos fundamentales comunes en el desarrollo transcultural de la ciudad informacional. Sostengo que, debido a la naturaleza de la nueva sociedad, basada en el conocimiento organizado en torno a redes y compuesta en parte por flujos, la ciudad informacional no es una forma, sino un proceso, caracterizado por el dominio estructural del espacio de los flujos […] Encerrar la arquitectura en una abstracción ahistórica es la frontera formal del espacio de los flujos.»[2]

La nueva carne profetizada por David Cronenberg en Videodrome (la epifanía seminal de la sociedad catódica) da paso a una volatilización de la carne: tanto la del individuo singular como la de la ciudad (pensemos en cómo ésta había sido exitosamente interpretada en el pasado de manera metafórica en términos de cuerpo y organicidad, con sus vías circulatorias, sus órganos de ingestión y excreción, su necesidad de nutrientes). Del «comes vídeo / eres vídeo» se pasa al «consumes información / eres información». Lo que implica que, en cuanto se ha llevado a cabo esta metamorfosis, uno también puede ser consumido: por otros ciudadanos (la transparencia y proliferación de datos genera una evidente escopofília informativa) o bien por la ciudad misma, que reclama constantemente flujos de información, con los que alimentar el sistema y perfeccionar sus rutinas de funcionamiento[3].

Figura 3

Figura 3

Figura 4

Figura 4

(Fig. 3: un ejemplo muy gráfico de la manera en como el imaginario de la ciudad había asociado tradicionalmente el ensamblaje anatómico de las distintas partes y funciones del cuerpo humano con las de la ciudad. Una metáfora antropocéntrica (y fundamentalmente mecanicista) que en la actualidad, y bajo el influjo del paradigma informacional, ha sido reemplazada en gran medida por una síntesis visual en la que prima la plasmación literal (y esquemática) de los datos y los aspectos relacionales de los mismos. Dicha modalidad de representación, si bien se quiere más dinámica y compleja que el anquilosado modelo organicista surgido durante el barroco, implica al mismo tiempo la minimización del aparato imaginista y la constatación de que las ciudades son algo cada vez más parecido a una fórmula o conjunto de fórmulas procesuales que a lo que estaríamos más o menos de acuerdo en denominar imagen. Si la physis de Newton era un libro escrito en caracteres matemáticos, la polis contemporánea es un mapeado topológico escrito en código informático (no siempre abierto) y Visual Data (Fig. 4).

Lo que no parecen tener en consideración (o al menos no de una forma visible y significativa) quienes contribuyen a la producción de este nuevo imaginario sin imágenes, tanto desde uno como el otro lado de la cesura del poder institucional y el control de los medios, es que esta especie de reducción fenomenológica del espacio urbano a una trama estrictamente procesual no consigue eliminar otras capas relacionales que se dan en ese mismo espacio: capas a menudo equívocas, plurivalentes, pobladas por cuerpos (que siguen teniendo un concepto y por lo tanto una imagen de sí mismos) y por acciones que los afectan, sea de una manera directamente física (estrato corporal) como simbólica (estrato lingüístico-conceptual).

Si bien se puede argumentar que estos nuevos mapas llevan a cabo una prospección radical del entramado urbano y social hasta plasmar lo que podríamos llamar la ciudad y la sociedad al desnudo, sin oropeles decorativos ni retóricas circenses, circunscribir la significación de lo que sucede en ambas a este ámbito es algo parecido a intentar comprender y analizar el comportamiento de un sátrapa político por medio de un mapeado de sus neurotransimisores. Existe un evidente riesgo de tautología y de redundancia en esta operación de síntesis, una proyección aislacionista del lenguaje y del conocimiento a un entorno en el que la hipercodificación y el vaciado simbólico de sus elementos acabe comprendiéndose tan sólo en el espacio informacional y virtual en el que se ha generado, rompiéndose toda correlación con las otras esferas vivenciales.

Que el sistema busque generar este hermetismo tautológico por medio de la propagación y promoción desbocada de estas formas de representación (y con ello limar las posibilidades de plantear y comprender una intervención directa en la espacialidad social y urbana) entra sin duda dentro de lo previsible. Es un grado más en la evolución de la intelligentsia capitalista. Lo que no debería serlo tanto es que quienes buscan implosionar (o hackear) estos mecanismos de control bordeen en ocasiones de manera tan inpúdica ese mismo aislacionismo, perdiendo por el camino los conectores que mantienen abierto el paso a los espacios de los hechos fácticos. Subvertir el código de las ciudades-procesador implica entre otras cosas comprender y asumir que precisamente hay algo más que código en ellas. Que el hacer supone un comportamiento performativo que va más allá de la mera superfície de información.

[1] http://www.idae.es/uploads/documentos/documentos_Borrador_Smart_Cities_18_Abril_2012_b97f8b15.pdf (p. 7). Los subrallados son nuestros.

[2] Castells, M: La era de la información; (Vol 1. La sociedad-red), Madrid, Alianza Editorial, 1997, pp. 476-497. El subrallado es nuestro.

[3] Es sin duda debatible hasta qué punto este modelo basado en la transmisión y relación antes que en la representación puede o no responder a dinámicas inherentes a las propias transformaciones sociales y culturales que se llevan a cabo en las ciudades actuales. Muy probablemente este nuevo factor estructural permite, como veremos en su momento, formas de socialización que, precisamente por su no pertenencia a un imaginario representativo y estable escapen a determinadas lógicas de control. Pero ahí nos topamos con el escollo de siempre: ¿hasta qué punto la sociedad civil o la ciudadanía tiene el control y las herramientas necesarias para ejercerlo en este nuevo mapeado? ¿La propiedad privada y monopolista de los medios de producción no ha alcanzado también a la producción de estas estructuras informacionales y por lo tanto a la producción del imaginario visual y procesual que se desprende de las mismas? ¿Hasta qué punto resulta consistente un determinado nivel de tecnofilia política en un marco en el que ni los cableados de fibra óptica ni las tecnologías de transmisión de datos (y tan sólo en una pequeña medida los entornos de programación) son recursos socializados? ¿El imaginario abstracto y procesual que se desprende de las Smart Cities no promueve o puede promover en última instancia la disolución de toda resistencia o activismo factual en las brumas de una esperanza revolucionaria intangible? Si la sociedad y la ciudad informacional se fundamenta y se produce a sí misma a una escala eminentemente estructural, ¿qué diferencia real existe entre la estructura generada por el mapeado de datos de una gran corporación a la que brota de la acción organizada de una plataforma cualquiera de ciberactivismo? ¿O tiene que haber forzosamente algo más ahí fuera, un suplemento cualitativo y singular que añada el potencial necesario al magma de multiplicidades codificadas en el entorno de los metadatos (n+1)?

 

 

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