Perspectiva de la enésima invasión

Post-134-La-Estrella-Herida

Los que quedamos (¿pocos? ¿muchos? nadie lo sabe, nadie parece tampoco aventurarse a calcular y ni siquiera a preguntar) nos encontramos en ocasiones aquí, alrededor de este montículo de cubos herrumbrosos que la artista Rebecca Horn instaló en el litoral de la playa hace ya mucho tiempo, una pieza que ahora nos parece sardónicamente profética, con su aspecto de ruina silenciosa, de vestigio insondable. Nos encontramos aquí y nos observamos de soslayo, intercambiamos miradas cada vez más deshilachadas, miradas que son como pequeñas voces de desencanto y de resignación proferidas desde un pozo vacío y profundo. También le dedicamos miradas al mar, que de un tiempo a esta parte parece haberse convertido en una losa quieta y pesada, un manto frío bajo el cual uno no adivina a escrutar ninguna forma de vida, ni siquiera simples corredores a través de los cuales llegar a vidas oceánicas más lejanas. Esta capa marmórea en la que se ha transformado el mar ante nuestros ojos cansados también nos recuerda a nuestra propia piel, entumecida, transluciendo unas venas por las que circula una sangre oscura, teñida de la misma oscuridad en la que se ha sumido el tiempo humano ya residual en el que nos ha tocado (mal)vivir. Nosotros, como este mar, nos hemos mineralizado. Nuestra piel se ha simbiotizado con el mármol de esas mesas de los bares en los que antaño nos reuníamos, entonces sí con propósitos concretos o cuanto menos con una concreta voluntad de hallar un propósito a tales reuniones. El mármol sobre el que reposaban los vasos de vino, las cervezas, los pequeños platos de aceitunas o de encurtidos, los importes de las rondas toscamente escritos en pedazos de papel moteados de manchurrones de aceite y de vinagre. Nos hemos integrado en el elemento inerte y estéril que servía de apoyo a nuestros retazos de vida en común, a nuestras ensoñaciones en la vigilia del mediodía mientras el ojo de nuestra glándula pineal se mantenía alerta, siempre abierto, siempre oteando el discreto oleaje de ese mar que quizás no era ninguna maravilla (discreto, demasiado discreto y demasiado cálido) pero que era nuestro mar, nuestra porción de paisaje, el santo y seña que se nos antojaba infinito tras el cuál se abría la veda de una aventura cotidiana e incluso rutinaria que también nos pertenecía.

La escultura de Horn hace pensar en una civilización extinguida. El óxido que reboza las paredes de los cubos, la impertérrita manera que tienen de superponerse unos encima de otros sin atender a precisiones geométricas, movidos y dispuestos por algo más parecido al automatismo que pasa a regir el mundo una vez la intencionalidad humana ha desaparecido. ¿No se trata en cierta forma de eso? ¿No somos al fin y al cabo una raza o una especie extinguida? Ignoramos si el resto de la humanidad ha corrido la misma suerte, poco nos importa. «Cada uno se duele de lo suyo»: esto se decía muy a menudo entonces, era una proclamación de estupor privado que se compartía de un balcón a otro, en las colas que se formaban para comprar en los puestos del mercado, en los conciliábulos improvisados que se organizaban alrededor de sillas y mesas de plástico que invadían sutilmente las calles del barrio. Cada uno se dolía de lo suyo pero en el fondo se sabía que había otro dolor que resultaba imposible de parcelar, por el que era impensable establecer aranceles. Un dolor comunal que podía remitir a la desaparición súbita de un rostro habitual, a la noticia de una marcha precipitada, la volatilización de un prójimo efectuada con la rapidez con la que la muerte sacra se llevaba a nuestros ancestros pero que en este caso no tenía nada de sacra sino más bien dotada de una diligencia funcionarial. Lo sabíamos. Secreta y remotamente lo sabíamos. No podíamos poner palabras exactas a ese convencimiento pero en el sustrato del dolor comunal había también el rudimento de una sospecha y de un conocimiento compartidos. Si hubiéramos tenido el arrojo para ejercitar algo más que la consigna cotidiana y el recelo sobreentendido, si nos hubiéramos atrevido a preguntarnos cara a cara los unos a los otros cómo empezó todo eso la respuesta habría sido sin duda unánime: Todo eso (o cuanto menos lo peor de todo eso) empezó el día en el que vimos aposentarse en la misma línea de flotación de la playa, en la mismísima costura que la separaba del mar, esa cosa. Un filo convexo gigantesco, algo parecido a una vela tensada por el efecto de un viento metálico e inclemente. Surgió como de la nada. Quizás emergió de las profundidades o, por el contrario, tomó tierra descendiendo desde alturas que estaban vetadas a nuestros ojos. Hubo quien quiso hacernos creer que eso llevaba ya tiempo tomando forma, que no era más que un epígono más de la época que nos había tocado en suerte: esplendor de cemento y metacrilato, nuevos mitos que reclamaban nuevos colosos que apuntalaran sus dominios.

Pero nosotros sabíamos. Sabíamos lo suficiente para sospechar pero no lo suficiente para actuar en consecuencia. Y después fue ya demasiado tarde. Una vez ese tótem al que llamaban «W» hechó raíces toda la faz del territorio mutó sin remedio. Primero fue de forma dispersa, pasaban cosas extrañas que emergían aquí y allí como bulbos nacidos de un rizoma secreto. Desapariciones. Lugares cuya apariencia cambiaba radicalmente de la noche a la mañana. El sabor de la comida que se adocenaba progresivamente. Las arrugas de la vejez que daban paso a la tersura de una juventud intrépida y sin escrúpulos. El murmullo atávico de nuestros atardeceres y nuestros mediodías sustituído por ruidos de jaurías extrañas que se aproximaban desde una lejanía incierta. No podíamos formularlo con exactitud, pero sabíamos que en ese algo que estaba pasando nosotros no teníamos cabida. Estábamos siendo primero arrinconados y después directamente sustituídos. ¿Por qué o por quiénes?

Tardaron en manifestarse. Al principio eran tan sólo la sombra de sí mismos. Una presencia adivinada por las pisadas que se oían en los frágiles suelos de los cuartos de piso, pisadas que tenían un color diferente, un aliento ingrávido e implacable. Se agazapaban también detrás de cifras y números, detrás de una nueva matemática destinada a empobrecernos, a despojar de todo valor el uso que hacíamos hasta entonces del dinero y de las mercancías. Su semblante surgía mimetizado en las nuevas fachadas, en la nueva manera de distribuir los recursos, en los nuevos hábitos que expulsaban a los niños de las plazas públicas y a los ancianos de las callejuelas e incluso de sus propios portales. Leo, la propietaria del bar del mismo nombre en la calle de Sant Carles, tuvo un día la extraña sensación de que los retratos del cantaor Bambino que colgaban por doquier de las paredes fruncían el ceño como alertados ante una presencia intrusiva que amenazaba, no con dejar sus huellas sino con borrar todas las que el tiempo había ido sedimentando en el lugar. Después Bambino se negó a seguir cantando. Los parroquianos que escogían sus canciones de entre la lista que ofrecía el vetusto jukebox del local le dirigían expresiones de estupor a Leo, pidiendo explicaciones de por qué de repente esas canciones ya no sonaban por mucho que uno introdujera ceremonialmente las monedas en la ranura. Leo callaba, intentaba que su silencio tuviera algo de admonitorio, una severa y lúcida advertencia. Para aquellos que, a pesar de ello insistían, tenía reservado un lacónico y afilado «mejor no preguntes… mejor no preguntes.»

Tiempo después se manifestaron. Como recién nacidos. Quizás eran precisamente eso: recién nacidos. O recién brotados, o recién construídos. Sin tiempo todavía para ataviarse aparecieron en distintos lugares del barrio presas de una aterradora inercia que parecía estar a medio camino de la intoxicación narcótica y del sonambulismo. Desnudos, fuertes, despreocupados. Irrumpieron en un par de autoservicios regentados por pakistaníes en el Passeig Joan de Borbó, dislocando su mentalidad compartimentada por las precisas instrucciones del Corán. Se sentaron en la terraza del popular (y encarecido) restaurante Ca’l Ramon y uno no sabría decir si el estupor nació de su simple presencia desnuda o del hecho de no mostrar interés alguno por las pequeñas cazuelitas de caracoles o por las raciones de rabas que el resto de comensales exigía y deglutía con la misma ansiedad. Cuentan también que uno de ellos llegó a irrumpir de esa misma guisa en plena presentación de un libro del novelista Carlos Zanón en la librería Negra y Criminal de la calle de La Sal. Allí las reacciones fueron algo más vitriólicas, algunos de los parroquianos incluso llegaron a invitar al recién llegado a un vaso chato de vino o le interrogaron sobre sus preferencias literarias, sobre si lo suyo era más el noir mediterráneo o la negritud escandinava. Aunque pasada esa camaradería hedonista todos supieron, al igual que el resto de los que se habían topado con ellos, que algo estaba pasando. Que esas irrupciones desnudas y aparentemente desorientadas eran la avanzadilla de algo oscuro, un flujo ominoso cuyo torrente hacía encajar las piezas sueltas de otras sospechas y recelos y cuyo nacimiento estaba sin duda en esa «W», esa presencia nodriza que se había acomodado en la playa de la Barceloneta con la solidez y la indiferencia de lo que en el fondo hubiera llevado toda la vida allí. O más aún que toda la vida, todo el tiempo. Todo el tiempo del tiempo.

Los que hemos sido expulsados del tiempo, de todos los tiempos posibles menos del tiempo sin espesura, mera suspicacia sin cronología, compartimos silenciosamente ese recuerdo cada vez que nos encontramos aquí, a los pies de los cubos de Rebecca Horn. Nos negamos a postrarnos ante esa reliquia para después percatarnos de que ya no tenemos rodillas que doblar, que nuestras articulaciones se han desvanecido o bien se han petrificado, convirtiéndonos en meros suspiros de estatuas de sal. La sal. Sí, eso también cambió. De repente dejamos de notar ese olor que antes se filtraba por todos los poros del barrio, que actuaba como una linfa invisible pero cuya penetrante presencia garantizaba el sustento de nuestros sentidos y, con ellos, de nuestra memoria. El mar, ese mar ahora marmóreo y grisáceo dejó de oler y de saber a sal y fue poseído por un olor y un sabor que recordaban a los perfumes y a los potenciadores que los cocineros ineptos emplean a la hora de confeccionar sus paellas falsarias. El mar y sus atributos fueron sustituidos por un simulacro de sí mismos, por un simple aderezo. Los sustitutos, los nuevos habitantes de reemplazo no necesitaban ni necesitan nutrirse: tienen bastante con deslizarse por encima de los estados de la materia, levitar sobre los conglomerados de moléculas y solazarse con la perspectiva del conjunto. No parece que coman, ni que beban, ni que caguen u orinen o eyaculen. Fingen hacerlo, se llevan los tenedores y los vasos a la boca, fuerzan las muecas y recrean procelosamente cada uno de los gestos y espasmos musculares asociados a nuestra forma de vida. Pero es tan sólo eso: una impostura. En realidad no hacen nada. Al menos nada que nosotros detectemos como tal. Simplemente están ahí: se multiplican y ocupan el espacio, los lugares, saturan el aire con su displicencia, llevan a cabo una especie de operación aséptica de higienización, como si lo único a lo que aspiraran es a permanecer en un territorio vacío, estéril, desprovisto de cualquier otra cosa que no sea la simple nada.

No sé si resultó más dolorosa la invasión en sí misma o la constatación de que dicha invasión venía arropada por aquellos en quienes durante tantas generaciones delegamos de manera ingenua y esperanzada nuestro porvenir. Nuestros próceres, nuestros alcaldes y regidores y candidatos, todos ellos y muchos otros que habitaban desde siempre en las sombras del negocio y de la conquista material no sólo les dieron la bienvenida a los invasores, sino que les entregaron en bandeja nuestras existencias. Desbrozaron la selva urbana, forzaron la extinción de las especies y secaron los embalses de nuestro día a día facilitando así el asentamiento de ese nuevo formato de humanidad venido de lejanos laboratorios, construído con novísimos e imperecederos materiales, dotado de facultades que nunca supimos ver pero que al parecer les legitimaban para postularse como nuestros legítimos sucesores. Poco a poco el mundo (¿había ahí fuera algún otro mundo que no fuera el nuestro? ¿Y de ser así, corrió también la misma suerte?) se nos hizo demasiado extraño y hostil. Fuimos expulsados, aniquilados, exterminados por medio de un aparato de genocidio que tan sólo en sus últimos coletazos se manifestó con violencia descarnada y despreocupada. En esa fase de la invasión ya no era necesario fingir, todo estaba ya debidamente adaptado a las nuevas circunstancias. Éramos rebabas. Pequeños despojos sobrantes a los que se podía desintegrar sin miramientos.

Y así se hizo. Así fue. Llegó el día en que la invasión se había consumado. Ellos habían vencido. Y nosotros, los derrotados, el puñado de escorias ciudadanas que ya no tenían ninguna potestad sobre su presente inmediato, fuimos simplemente abandonados. Dejados de lado hasta devenir invisibles. Nos perdonaron la vida, podrían decir algunos. Pero no hubo ningún atisbo de compasión en todo eso. Creo que hubo, al contrario, un último latigazo de soberbia. Un regocijarse en nuestro abandono, en esa miseria infinita y esa tristeza inconsolable que emergía a cada paso, a cada vistazo que echábamos alrededor de ese lugar que había sido nuestro hogar. Nos dejaron con vida para que simplemente pudiéramos ser testigos directos de cada una de las sutilezas de la obra ya finalizada. Del final de todas las cosas y el inicio de un régimen de simples apariencias. Al fin y al cabo era como si un artista nos diera el privilegio de sentarnos frente a uno de sus cuadros mientras nos repetía incesantemente que el mundo en el que ese cuadro se había inspirado ya no existía. Que ante la perfección de su obra había decidido destruir todo el resto.

¿Cuánto hace de eso? Qué más da. Fue así y así ha seguido siendo. Arremolinados alrededor de los cubos oxidados de Rebecca Horn echamos la vista atrás, abandonamos el paraje de un mar sin mar, esquivamos el filo amenazante de esa vela llamada «W» y nos perdemos en una ensoñación atrapada dentro de una pesadilla. Buscamos el perfil de una ciudad que desapareció sin dejar rastro y nos topamos con el satinado reemplazo, con las superficies reflectantes de esos nuevos bloques, el trajín inánime y unánime de sus nuevos habitantes, los deseos vacíos de sus mentes huecas. No nos dirigimos la palabra entre nosotros pero pensamos y sabemos que pensamos lo mismo. Un rudimento de esperanza. Que precisamente nuestra derrota y nuestra miseria tienen que ser el germen de nuestra victoria. Que lo único que nos queda es precisamene este ser invisibles, intangibles. Circular entre ellos sin ser vistos. Invadir su sueño y desde esa atalaya dibujar el contorno de otra posible pesadilla. No conocemos otra forma de recuperar aquello que nos fue expropiado. En medio de todo este orden implacable nuestra única alternativa será atizar el fuego de una hipotética sinrazón. Ser su peste negra, su pandemia, su infección letal. No sabemos a ciencia cierta si ellos sueñan, si sus cerebros viven algo parecido a una narración interna en la que los circuitos y engranajes de su prevalencia queden al descubierto, tan desnudos como sus cuerpos cuando empezaron a tomar posiciones en el barrio como facciones de un ejército diletante en plena ocupación colonial. Ignoramos si hay algo dentro de ellos que pueda fracturarse, algún recodo en el que puedan llegar a experimentar el pánico y el dolor. Pero no nos queda otra alternativa. Ya no nos queda otro plano en el que batallar, el resto de la realidad pasa a través nuestro, nos ignora como espejismos que han empezado a disolverse. Vamos pues a ser niebla, humareda, plaga transparente. El pavor intangible de lo que no debería existir. Fundidos y confundidos en la nimiedad del paisaje como los bereberes entre las dunas del desierto. Marchamos hacia esa meta. Estamos marchando. Justo ahora. Como una procesión de espectros avanzamos hacia su fortaleza de granito y metacrilato y fibra de vidrio. Llevando restos de arena y vinagre en la sangre y vívidas imágenes de sábanas agitadas por el viento como si se trataran de estandartes de guerra. Tendremos todo el tiempo del mundo allí donde el tiempo ya dejó de tener sentido, donde no se le espera. Y alguno de nosotros, quizás yo mismo o cualquier otro, no importa, arrancará de su garganta encallecida y polvorienta el ritornelo de una de las últimas canciones de Bambino que sonaron en el bar de Leo antes de que él dejara de cantar y ella lo dejara todo, iniciando su particular éxodo hacia ninguna parte, como tantos y tantas otras: «Quiero vivir, vivir, vivir
 /
Y esto queda, queda y queda… /

Y como el barco va a morir / Te digo sálvese el que pueda…».

Estamos marchando. Justo ahora.

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